Tarot
Significado de las cartas del tarot: 78 cartas, historia y lectura
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El tarot es una baraja de 78 cartas nacida en la Italia del siglo quince que se volvió, en el siglo dieciocho, una herramienta de introspección. Reúne 22 arcanos mayores, que retratan los grandes temas de una vida, y 56 arcanos menores, más cercanos a lo cotidiano. Dos tradiciones marcan el rumbo: el Tarot de Marsella y el Rider-Waite-Smith. Una tirada se lee como un espejo que te tiendes, nunca como un veredicto que tengas que cargar.
Un juego de cartas que se volvió espejo
El tarot no nació místico. Nació juego. Mucho antes de quedar tendido sobre una mesa oscura para responder a preguntas de amor o de dinero, el tarot era un juego de cartas de salón, practicado por la aristocracia italiana del siglo quince. Es lo primero que conviene poner sobre la mesa, porque cambia todo lo que viene después: el objeto tiene una historia datable, documentada, y esa historia no empieza en Egipto.
Una baraja completa tiene hoy 78 cartas. Es el formato de referencia, compartido por igual por el Tarot de Marsella y por el Rider-Waite-Smith. A lo largo de esas 78 cartas corren dos familias muy distintas, y captar esa división es ya captar el corazón de cómo funciona el tarot. Pero antes de la mecánica, la historia, porque despeja de entrada la mayoría de los malentendidos.
Los tarots más antiguos aparecen en el norte de Italia a mediados del siglo quince, en las cortes de Milán, Ferrara y Florencia. Allí se jugaba al tarocchi, un juego de bazas cercano en espíritu al whist o al bridge: palos, figuras de la corte y una hilera de cartas maestras, los “triunfos”. La baraja Visconti-Sforza, pintada hacia 1450, es el tarot más antiguo que se conserva. No hay rastro, en ese punto, de ningún uso adivinatorio: era un pasatiempo de corte, refinado y caro.
El historiador y filósofo Michael Dummett, en The Game of Tarot (1980), fijó este linaje con un rigor que sigue siendo la referencia. Su aporte decisivo es doble: prueba que el juego se inventó en la Italia del siglo quince, y demuestra que cualquier lectura oculta o adivinatoria es desconocida antes del siglo dieciocho. El tarot vivió tres siglos como puro juego antes de que alguien le atribuyera el menor poder, y ese hecho vale la pena tenerlo presente.
El vuelco ocurre en Francia, a finales del siglo dieciocho. En 1781, el pastor y erudito Antoine Court de Gébelin publica el octavo tomo de su Monde primitif y sostiene allí que las cartas de tarot guardarían una sabiduría secreta del antiguo Egipto. La tesis es seductora y rotundamente falsa: ningún documento la respalda, y Dummett la desmontó punto por punto. Pero desató una moda. En su estela, un cartomante parisino, Jean-Baptiste Alliette, que firmaba “Etteilla” (su apellido al revés), diseñó entre 1783 y 1789 la primera baraja construida para la adivinación y le fijó un significado a cada carta. El tarot adivinatorio nació allí, en el París de las Luces que se apagaban, y no en algún templo antiguo.
Este origen reciente no le quita nada al valor de la herramienta. Lo coloca de otra manera. Si el sentido adivinatorio fue añadido en el siglo dieciocho, entonces es una creación cultural, una gramática de imágenes. Y una gramática de imágenes se lee como un espejo: refleja lo que le traes, te ayuda a pensar. Un espejo, nunca un veredicto: todo este artículo cabe en esa sola frase, y el dosier de tarot entero la despliega a su manera.
Los 22 arcanos mayores y los 56 menores
Volvamos a la estructura de las 78 cartas, porque es el mapa de ruta de todo lo demás.
Los 22 arcanos mayores forman la columna vertebral simbólica de la baraja. Numerados del I al XXI, con El Loco que viaja sin número, llevan nombres que apuntan a los grandes temas de una vida: El Mago, La Emperatriz, Los Enamorados, La Rueda de la Fortuna, La Templanza, La Luna, El Sol, El Mundo. Son figuras amplias, casi mitológicas. Las lees como el clima de una situación, lo que de verdad está en juego en ella. Cuando una carta mayor aparece, la tradición sostiene que señala un tema importante, formador. Merecen contarse una por una: es lo que hace la guía de los 22 arcanos mayores, recorriéndolos como el gran relato que componen, del Mago al Mundo.
Los 56 arcanos menores, por su parte, se parecen más a una baraja de cartas corriente. Se reparten en cuatro palos (bastos, copas, espadas y oros), cada uno con diez cartas numeradas y cuatro figuras de la corte (sota, caballo, reina, rey). Cada palo tiene su propio tono, heredado de la tradición: los bastos para la acción y el impulso, las copas para los sentimientos y los vínculos, las espadas para el pensamiento y el conflicto, los oros para lo concreto, el cuerpo, lo material. Los menores bajan al detalle de la vida diaria allí donde los mayores fijan el clima general; la guía de los 56 arcanos menores muestra cómo leerlos sin aprenderte nada de memoria.
Esta repartición no es solo decorado: moldea la lectura. Una tirada cargada de mayores cuenta un momento de sacudida; una tirada donde dominan los menores habla de lo ordinario, de los ajustes de cada día. El tarot explicado con honestidad siempre empieza por ahí: por la gramática de las 78 cartas, no por recetas.
Una palabra sobre las famosas “cartas negativas”. La Muerte (que la baraja de Marsella deja sin nombre), La Torre y El Diablo asustan a quien nunca ha abierto una baraja. En la lectura seria, el arcano XIII casi siempre apunta a un final necesario y a una transformación, no a un fallecimiento. El Diablo interroga los apegos y las dependencias. La Torre representa un derrumbe que libera. Ninguna de ellas es un mal presagio: son imágenes de movimiento. Leer el tarot como un catálogo de desgracias es confundir la imagen con la amenaza.
¿Tarot de Marsella o Rider-Waite-Smith?
Dos grandes familias de barajas dominan la práctica occidental. No dicen lo mismo de la misma forma, y aprender a distinguirlas te ahorra mucha confusión de principiante.
El Tarot de Marsella es el estándar histórico europeo. Su nombre viene de la ciudad donde sus diseños se imprimieron y circularon de manera más duradera, pero sus raíces se extienden más allá: el patrón aparece en el trabajo del naipero Jean Noblet, en París hacia 1650, de Pierre Madenié, en Dijon en 1709, y luego en la baraja de Nicolas Conver, grabada en Marsella en 1760, que vendría a ser la matriz de la mayoría de los Tarots de Marsella modernos. Su rasgo distintivo: los 56 arcanos menores no están ilustrados con escenas. El cinco de copas, por ejemplo, muestra simplemente cinco copas dispuestas geométricamente, como en una baraja de cartas clásica. La lectura aquí se apoya en el número, la secuencia y la forma en que trazos y colores se mueven de carta en carta. Es un sistema más austero, más matemático, que muchos lectores curtidos prefieren justamente por eso.
El Rider-Waite-Smith es más reciente y trabaja con otra lógica. Fue publicado en Londres en 1909 por William Rider & Son, a partir de un diseño del ocultista Arthur Edward Waite y de dibujos de la artista Pamela Colman Smith. Su innovación es precisamente lo que le valió el éxito mundial: Smith ilustró los 56 arcanos menores con escenas figurativas, con personajes y situaciones, donde la baraja de Marsella se contentaba con motivos repetidos. El cinco de copas se vuelve una figura de luto, envuelta en negro, que contempla tres copas derramadas sin reparar en las dos que siguen en pie detrás de ella. La imagen cuenta su propia historia de pérdida y de lo que queda. Esta puesta en escena vuelve la baraja mucho más fácil de leer para quien empieza: lees una escena antes de conocer un significado.
A esta baraja se la suele nombrar por las siglas RWS, y el uso actual añade con gusto el nombre de Smith, mucho tiempo dejada de lado, a los de Rider y Waite, en justicia con su trabajo. Waite acompañó la baraja de un manual, The Pictorial Key to the Tarot (1911), que sigue siendo una fuente de primera mano sobre lo que pretendía el autor.
Entonces, ¿cuál? La respuesta honesta es: aquella cuyas imágenes te hablan. El Marsella atrae a lectores que aman el rigor geométrico y la tradición continental; el RWS, a quienes quieren un relato de inmediato. Ninguno es “más verdadero”. Son dos dialectos de una misma lengua. Mucha gente acaba con las dos y alterna entre ellas según el ánimo de la pregunta.
Leer una tirada como un espejo, nunca como un veredicto
Aquí llego al corazón de mi postura, porque es donde se traza la línea entre una práctica lúcida y una superstición cara. Una tirada de tarot pone una situación en imágenes para ayudarte a mirarla de otra manera: un espejo que te tiendes, nunca un veredicto que tengas que cargar.
La lógica es la siguiente. Cuando haces una pregunta y extiendes las cartas, no convocas ninguna fuerza oculta. Te das un apoyo: arquetipos que te obligan a ponerle palabras a lo que estaba borroso, a nombrar un miedo, a sopesar una opción que venías esquivando. El psicólogo Bertram Forer mostró en 1949, con un experimento que se hizo célebre, hasta qué punto un enunciado un poco vago encuentra siempre eco en cada cual: les entregó a todos sus estudiantes el mismo retrato de personalidad, hecho de frases que sirven para todos, y cada uno se reconoció en él, calificando su exactitud con un 4,3 sobre 5. La lección vale para el tarot. Una carta “habla” porque es lo bastante abierta para alojar tu situación, y eso es exactamente lo que la vuelve un buen espejo, a condición de saberlo.
Saberlo no vacía al tarot de su interés; lo afina. El espejo es útil cuando lo usas para reflexionar, peligroso cuando lo tomas por una ventana al futuro. Leído como un veredicto, “la carta dice que voy a dejarlo”, se vuelve una coartada para no pensar, una manera de delegar tu decisión en un pedazo de cartón. Leído como un espejo, “esta carta me habla de un final que temo, así que ¿qué es exactamente lo que temo?”, te devuelve las riendas en vez de quitártelas.
Es también una cuestión de ética. Anunciarle a alguien una enfermedad, una ruptura o una muerte en camino, a partir de cartas, no solo carece de fundamento, sino que hace daño: plantas un miedo sobre nada. Una lectura responsable nunca cierra la puerta del futuro; la abre. Convierte “esto es lo que va a pasar” en “esto es sobre lo que puedes actuar”. Esa regla sencilla, describir dinámicas en vez de soltar hechos futuros, es lo que separa una práctica contemplativa de una estafa.
Es con ese espíritu que Alejandro Jodorowsky y Marianne Costa, en La vía del tarot (2004), abordan el Tarot de Marsella no como un oráculo, sino como una herramienta de autoconocimiento, un lenguaje psicológico. Puedes discutir sus lecturas, pero la postura de fondo es la correcta: el tarot trabaja sobre quien lo consulta, no le dicta nada.
¿Cómo hacer una tirada de tres cartas?
Para volver concreto todo esto, aquí está la tirada más accesible, la que te sugiero como punto de partida: tres cartas.
Suele venir envasada como “pasado, presente, futuro”. Yo prefiero, y de lejos, una lectura que no encierra nada: situación, obstáculo, apertura. La primera carta describe dónde estás; la segunda, lo que está trabado o lo que se interpone; la tercera, una dirección posible, un ángulo desde el que trabajar. Fíjate en el giro: la tercera carta no es “lo que va a pasar”, sino “hacia lo que puedes volverte”. La diferencia es exactamente la que separa el espejo del veredicto.
Tomemos un ejemplo. Preguntas por un proyecto de trabajo estancado. Primera carta, el Ocho de Oros: el trabajo paciente, el aprendizaje, el oficio que sigues afinando. Segunda carta, el Siete de Espadas: un nudo en torno a la lealtad o la claridad, algo dicho a medias, tal vez una falta de franqueza, con los demás o contigo mismo. Tercera carta, La Estrella: la esperanza, una sensación de justeza que vuelve, la idea de que, si pones las cosas en claro, el proyecto puede respirar de nuevo.
Una lectura de veredicto diría: “tu proyecto va a salir bien gracias a un golpe de suerte.” Una lectura de espejo dice otra cosa: “sabes que este proyecto pide oficio y constancia (Ocho de Oros), pero algo le falta de transparencia y te frena (Siete de Espadas); la apertura está en aclarar el aire, en volver a una intención honesta, y el impulso regresará (La Estrella).” La segunda lectura no te anuncia nada de antemano. Te vuelve a poner frente a tus propios datos. Es todo lo que una tirada debería hacer, y ya es mucho.
Una carta sola sigue la misma lógica, en más ligero: no “lo que me va a pasar hoy”, sino “un tema para tener en la cabeza, una pregunta para llevar conmigo”. Este pequeño ritual tiene su guía dedicada, la carta del día, y es la mejor escuela que existe: enseña las cartas por familiaridad, sin atiborrarse. Si todavía no tienes baraja, la app Nohemia te saca una cada mañana, con su lectura.
¿Conviene leer las cartas invertidas?
Tarde o temprano sale una carta cabeza abajo, y llega la pregunta: ¿hay que tenerla en cuenta? Las escuelas no se ponen de acuerdo, y conviene saberlo antes de inquietarse. Muchos lectores del Tarot de Marsella no leen las inversiones: los antiguos arcanos nunca se pensaron para eso, y esos lectores prefieren matizar el sentido de una carta según sus vecinas antes que según su orientación. En el lado del Rider-Waite-Smith, donde las escenas están dibujadas en un sentido fijo, leer una carta invertida es más común y forma parte del método.
Cuando sí eliges leer las inversiones, una carta cabeza abajo no se vuelve su contrario, y desde luego no su versión “negativa”. La tradición lee en ella, más bien, una energía contenida, vuelta hacia dentro, en exceso, o todavía gestándose: El Sol invertido no dice “desgracia”, te pide que mires una alegría que cuesta salir, una luz guardada para una misma. Es un matiz de intensidad y de dirección, no un veredicto al revés.
Mi consejo, si estás empezando: empieza sin las inversiones. Aprende primero a oír cada carta del derecho, en su diálogo con las demás. Podrás añadir la lectura invertida más adelante, el día en que te traiga una sutileza en vez de una angustia. Una carta invertida sigue siendo un espejo, solo que inclinado de otra manera.
Cruces con otros sistemas
El tarot no es una lengua aislada. Conversa con otros sistemas simbólicos, que iluminan los mismos temas desde otro ángulo.
Con la astrología, las correspondencias son antiguas y ricas. Varias tradiciones ligan cada carta mayor a un planeta, un signo o un elemento: El Emperador a Aries, La Luna al signo de Piscis, La Rueda de la Fortuna a Júpiter. Estos puentes no son reglas fijas (varían de una escuela a otra), pero te permiten hacer resonar una tirada con una carta natal o un tránsito en curso. Un arcano que insiste en volver puede hacer eco de un planeta activo en tu cielo.
Con la numerología, el lazo es casi automático, ya que los arcanos están numerados. El valor de una carta abre una capa extra de lectura: las cartas numeradas 1 hablan de comienzos, las numeradas 5 de crisis y movimiento, las numeradas 10 de culminación y del vuelco hacia un nuevo ciclo. Sumar los números de una tirada para sacar una “carta de síntesis” es una práctica común que extiende la lectura sin forzarla.
Estas correspondencias no cambian lo que el espejo es. Lo enriquecen como varias traducciones enriquecen un mismo texto. Se leen mejor no como dogmas, sino como formas de hacer vibrar un mismo tema en lenguas paralelas.
Preguntas frecuentes
- ¿El tarot permite predecir el futuro?
- Es lo primero que todo el mundo quiere saber, y la historia lo responde mejor que las creencias. El tarot es un juego de cartas inventado en la Italia del siglo quince; su uso introspectivo solo aparece en el siglo dieciocho, en París, cuando Court de Gébelin y luego Etteilla le injertaron significados a las cartas. Nada en ese linaje lo convierte en una ventana al futuro. Una tirada pone tu situación presente en imágenes para que la mires de otra manera: es un espejo que te tiendes, nunca un veredicto que tengas que cargar. Ese matiz cambia toda la práctica. En lugar de preguntar '¿qué va a pasar?', preguntas '¿qué me muestra esta imagen sobre lo que estoy viviendo?'. Leído así, el tarot te empuja a ponerle palabras a lo que estaba borroso, a nombrar un miedo, a sopesar una opción que venías esquivando. La decisión, en cambio, sigue en tus manos.
- ¿Cuál es la diferencia entre los arcanos mayores y menores?
- Una baraja completa tiene 78 cartas, repartidas en dos familias. Los 22 arcanos mayores (El Mago, La Sacerdotisa, La Rueda de la Fortuna, El Mundo, y así sucesivamente) son las grandes figuras de la baraja: apuntan a los grandes temas de una vida, sus pasajes, sus puntos de giro. Cuando una carta mayor aparece en tu tirada, la tradición la lee como el clima de fondo, el verdadero asunto del momento. Los 56 arcanos menores se parecen más a una baraja de cartas corriente: cuatro palos (bastos, copas, espadas, oros), cada uno con diez cartas numeradas y cuatro figuras de la corte. Bajan al detalle de la vida diaria: el impulso de un proyecto, la textura de un vínculo, una tensión que se tensa, un asunto práctico. Las dos familias trabajan juntas: los mayores fijan el clima general, los menores te cuentan lo que vives a ras de suelo. Una tirada siempre se lee sosteniendo los dos niveles a la vez.
- Tarot de Marsella o Rider-Waite-Smith: ¿cuál elegir como principiante?
- Los dos son plenamente válidos: son dos dialectos de una misma lengua. El Tarot de Marsella, asentado en Francia a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, tiene un aspecto geométrico y arcanos menores sin ilustrar: el cinco de copas muestra simplemente cinco copas, dispuestas con claridad. La lectura se apoya en el número, la secuencia y la forma en que los trazos se mueven de carta en carta. El Rider-Waite-Smith, publicado en Londres en 1909, ilustra los 56 menores con escenas dibujadas por Pamela Colman Smith: el cinco de copas se vuelve una figura de luto ante tres copas derramadas. La imagen cuenta su propia historia, lo que vuelve esta baraja más rápida de leer cuando empiezas. Mi opinión honesta: maneja las dos si puedes, y quédate con aquella cuyas imágenes te hablan. La baraja que tomas a menudo es la que te enseña a leer.
- ¿Cómo hacer una tirada de tarot sencilla cuando empiezas?
- Empieza con tres cartas, no más. Baraja mientras sostienes tu pregunta en la cabeza, corta la baraja, saca tres cartas y disponlas de izquierda a derecha. En lugar del viejo 'pasado, presente, futuro', te sugiero un esquema que no encierra nada: situación, obstáculo, apertura. La primera carta describe dónde estás, la segunda lo que está trabado, la tercera una dirección hacia la que trabajar, un ángulo por explorar. Fíjate en el giro: la tercera carta no te dice qué va a pasar, te muestra hacia qué puedes volverte. Más sencillo todavía, la carta del día: una sola carta por la mañana, guardada en la cabeza como una pregunta que llevas contigo. Es el ejercicio que mejor enseña las 78 cartas, por familiaridad en lugar de memoria. En cualquier caso, anota dos líneas después de cada tirada: el registro es lo que te hace mejorar.
- ¿Hace falta un don para leer el tarot?
- Para nada. Leer el tarot se aprende como se aprende una lengua: un vocabulario (los significados tradicionales de las cartas), una gramática (los palos, los números, las combinaciones) y conversación (práctica constante). Lo que de verdad te pide es honestidad: ligar una imagen a tu pregunta real sin doblarla a lo que quieres oír, quedarte con una carta incómoda en vez de huir de ella, recordar que eres tú quien piensa, no el cartón. Los mejores lectores no son videntes: son personas que conocen sus imágenes y hacen preguntas afiladas. La psicología te ayuda a mantener la lucidez aquí: una afirmación lo bastante vaga encaja en casi cualquier vida, es el efecto Barnum, documentado desde 1949. Reconoces una buena lectura por su precisión: habla de tu situación, no de la de todo el mundo.
Explorar la serie
- Cómo elegir tu baraja de tarot: Marsella, Rider-Waite u oráculo
- La carta del día: un pequeño ritual diario de tarot
- La tirada en cruz: el método de 5 cartas del Tarot de Marsella
- Los 22 arcanos mayores: el gran relato del tarot
- Los 56 arcanos menores: el día a día del tarot
- Tarot y astrología: el mapa de correspondencias Golden Dawn